Buscan por Outes la sonda ordense Marumasat Tres

Tras un trepidante lanzamiento desde el Instituto Maruxa Mallo de Ordes, se estima que la sonda Marumasat Tres alcanzó los 35.000 metros de altura… pero sólo por el tiempo que tardó en caer, ya que a los 13 kilómetros se perdió todo contacto bajo la hipótesis de que se precipitó en Outes. “Non dá sinal e pensamos que poido caer á ría ou ás brañas, polo que pedimos a colaboración veciñal”, indicaba el grupo de rescate ayer, de vuelta desde ese concello marinero.

 Según los alumnos y docentes del instituto local que, junto a los del IES Marco do Camballón (Vila de Cruces), Miraflores (Oleiros) y Xelmírez II (Santiago) componen la Axencia Espacial Escolar Galega NOSA, el objetivo de la iniciativa, además de reunir imágenes estratosféricas, pasaba por alumbrar vida (una abeja) a esa altura. Así lo confirmaban a pie de la ría de Muros y Noia los miembros de NOSA, que además de lograr reunir en el lanzamiento al alcalde ordense, José Luis Martínez, y diferentes ediles, atraían ayer al propio delegado territorial, Ovidio Rodeiro; al secretario xeral de Política Lingüística, Valentín García, o al conocido científico, y físico televisivo, Jorge Mira.
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Aficionados que fotografían la Tierra desde globos a 30 km de altura.

Aficionados que fotografían la Tierra desde globos a 30 kilómetros de altura

Las fotos aéreas tienen un encanto especial, y con el abaratamiento de la tecnología de las últimas décadas un nutrido grupo de aficionados a la construcción de artefactos voladores y la fotografía han encontrado un nuevo reto que superar: lanzar globos a las alturas para tomar fotografías y películas que hasta ahora sólo estaban al alcance de los profesionales y las agencias espaciales.

La idea de fondo es sencilla: obtener buenas fotos puede requerir un equipo carísimo, pero si se utiliza un equipamiento más barato se pueden hacer muchos intentos y lograr del mismo modo espectaculares imágenes.

Por menos de 1.000 euros y algunos fines de semana libres se puede enviar uno de estos artefactos casi hasta el límite del espacio.

Desde tiempos inmemoriales ha habido gente que ha utilizado técnicas muy caseras para conseguir fotos desde las alturas. Melvin Vaniman, el fotógrafo acróbata se hizo famoso por sus fotos panorámicas desde, mástiles de barcos, barcos y edificios altos.

“Se usan grandes globos de fiesta rellenos de helio para tomar fotos a 15 ó 20 metros del suelo“

La técnica incluye minimizar el peso del equipo utilizado y programar la cámara para que dispare cada 30 segundos. Los resultados no están nada mal para lo que cuesta una docena de globos, y pueden verse en su álbum de Flickr.

Para estas tomas sencillas hay que poder programar la cámara adecuadamente, cosa que casi todos los modelos modernos permiten, o bien recurrir al hacking reescribiendo el firmware, algo que está solo al alcance de los expertos.

Curiosamente, muchos teléfonos móviles incorporan hoy en día cámaras de fotos de buena calidad y opciones como el disparo automático programable; dado su precio y reducido tamaño muchos aficionados las eligen como primera opción.

Para llevar a cabo una de estas sesiones de fotos de altura basta elegir el lugar adecuado y recurrir al sentido común: no hacerlo cerca de zonas en las que haya cables peligrosos, ni donde un globo escapado pueda ocasionar un estropicio.

Cuando se utilizan globos que van al alcanzar una mayor altitud hay que avisar por adelantado a las autoridades (AENA y AESA, que regulan el tráfico aéreo) para evitar malentendidos, sorpresas y problemas con el tráfico aéreo.
Globos sonda

Quienes se adentran en el mundillo de las fotos desde gran altura suelen decantarse por usar grandes globos sonda como los que se utilizan en meteorología para llegar hasta lugares que en principio se antojan imposibles.

Un globo sonda inflado con helio puede alcanzar si está diseñado adecuadamente los 30 kilómetros de altura (unos 90.000 pies) superando el límite de la troposfera que rodea a nuestro planeta (18 kilómetros) y entrando en la estratosfera.

“Un globo sonda inflado helio puede alcanzar los 30 km de altura y entrar en la estratosfera“

Estos globos están construidos de un material especial muy resistente, que aumenta y disminuye de tamaño según la presión y altitud a que se encuentre. Las botellas de helio para el inflado se pueden conseguir con relativa facilidad en tiendas de aficionados o laboratorios.

El récord del mundo de altitud para este tipo de globos está marcado desde hace una década en los 53 kilómetros de altura.

En el mundillo de la alta tecnología hay empresas que han pensado utilizar globos de este tipo para establecer comunicaciones inalámbricas en lugares remotos, dado que pueden permanecer varios días en el aire.

Otra técnica que a veces se utiliza es la de los globos solares, que no son sino los globos aerostáticos o de aire caliente de Montgolfier, ultraligeros, aunque su alcance es más limitado.
Tecnología en una caja

El secreto para obtener los mejores resultados consiste en elegir y preparar bien el equipamiento que se va a incluir en la caja que eleva el globo.

Las cajas de poliestireno expandido son las favoritas por su alta resistencia y reducido peso. Además, se pueden adecuar a la forma deseada fácilmente, y es posible tallar en ella agujeros fácilmente para albergar las cámaras y otros aparatos.

Hay que tener en cuenta que una vez el globo ha terminado su vida y útil y se desploma en caída libre las cajas llegan al suelo tal cual -a veces con ayuda de pequeños paracaídas- y sufren un buen impacto al tocar suelo.

“Cuando el globo termina su vida útil se desploma en caída libre y las cajas sufren un fuerte impacto“

En ocasiones caen en algún tipo de extensión de agua, como el mar o algún gran lago. Y siempre pueden surgir imprevistos: la sonda madrileña CHASAT-I, por ejemplo, cayó sobre una autopista y fue atropellada y destrozada antes de poder ser recuperada.

La colección de gadgets que lleva la caja puede ser muy variada, pero dado que conviene mantener el peso al mínimo se favorecen los aparatos que realizan varias tareas a la vez, como los modernos teléfonos inteligentes que pueden hacer de todo.
Cámara, GPS y teléfono móvil

En principio se necesitan cámaras de fotos y vídeo para grabar las imágenes, un GPS y un teléfono móvil o sistema de comunicaciones capaz de enviar los datos del GPS para localizar la caja una vez caiga.

Y si se quieren hacer experimentos: un altímetro para comprobar hasta dónde ha llegado el globo, termómetro para chequear la temperatura y demás: hay quien también incluye sistemas para tomar muestras de aire y analizarlo.

Los aficionados a la electrónica suelen utilizar soluciones como sistemas de montaje de hardware Arduino o Gumstix si necesitan unir diversos componentes y sensores en una misma placa.

“Cuanto mejores sean las cámaras, mejores serán las imágenes, pero todo dependerá de encontar la caja“

Estos sistemas suelen estar además basados en hardware y software libre y es fácil encontrar programas que se pueden adaptar y reutilizar. La cuestión más importante es encontrar el equilibro entre lo que se quiere invertir en el desarrollo y aparatos enviados en el globo y la posibilidad de que todo desaparezca por completo.

Cuanto mejores son las cámaras que incorpore la caja, mejores imágenes se tomarán… pero todo dependerá de que se halle el aparato tras su caída a tierra y que no haya sufrido daños irreparables.

En general se considera que una cantidad de entre 750 y 1.000 euros es algo razonable arriesgar por lanzamiento. Se pueden usar gadgets viejos y obsoletos que todavía funcionen, para reducir el coste, a costa de un poco menos de calidad o una mayor probabilidad de fallo. A veces universidades y escuelas patrocinan los proyectos a sus estudiantes, o donan parte del equipo.
3, 2, 1… ¡lanzado!

Una vez lanzados los globos, algunos permiten hacer seguimiento en vivo a través del sistema de telefonía incorporado, al menos hasta cierto punto; otros simplemente graban toda la información, que ha de ser recuperada una vez ha terminado el viaje.

Superar los 10 kilómetros y llegar hasta los 30 es algo que entra de lo posible, como han demostrado muchos grupos de ballooners.

Los vientos a esas altitudes son fuertes y, lo peor, impredecibles: se sabe de globos que han viajado más de 100 kilómetros sobre el mapa para acabar cayendo en algún remoto, a veces incluso atravesando países.

Cuando llamaron un poco más tarde al teléfono móvil incluido en la sonda y este respondió con unas coordenadas tal y como lo habían programado, supieron que al menos parte de la caja había llegado a tierra y estaba intacta: aterrizó a unos 14 kilómetros del punto de lanzamiento tras volar unos 96 kilómetros en total.

Lluvia de chatarra: 100 toneladas de Basura espacial caen al año en la Tierra

El cielo comenzó a escupir bolas de metal. La primera impactó en Pozorrubio de Santiago, en la provincia de Cuenca. Otro objeto similar se precipitó esa misma jornada sobre Elda, en Alicante. Pocos días después se contabilizaron hasta tres esferas, esta vez en distintos puntos de la región de Murcia. Los hechos se registraron a lo largo de casi dos semanas en noviembre de 2015. Y aunque pudiera parecer un panorama digno del relato apocalíptico, lo cierto es que el origen de aquellos fragmentos de entre unas decenas de centímetros y cuatro metros de diámetro era bien profano: se trataba de pedazos de basura espacial que reentraron en nuestro planeta.
Test para demostrar que usar una pared rígida y ancha no serviría para proteger un satélite (y además supondría un incremento en su peso). Se trata de un bloque de aluminio de 8 centímetros de grosor y 15 de diámetro, impactado frontalmente con una bola de aluminio de 1,2 centímetros de diámetro a 6,8 kilómetros por segundo.
Test para demostrar que usar una pared rígida y ancha no serviría para proteger un satélite (y además supondría un incremento en su peso). Se trata de un bloque de aluminio de 8 centímetros de grosor y 15 de diámetro, impactado frontalmente con una bola de aluminio de 1,2 centímetros de diámetro a 6,8 kilómetros por segundo. Arturo Cardoza

Cuando en 1957 Rusia lanzó el primer Sputnik, al parecer nadie se preocupó por lo que pasaría con los satélites cuando se les acabara el combustible, sufrieran un accidente o, simplemente, dieran por finalizada su misión. Tras seis décadas de carrera espacial y más de 7.000 aparatos enviados al universo, esa dejadez tiene una consecuencia evidente: muchos se quedan allí, acumulándose en un vertedero flotante. Como un descomunal enjambre, hoy rodean el globo unas 7.000 toneladas de desperdicios, en parte satélites completos y en parte fragmentos resultantes de explosiones y choques, así como piezas de los cohetes con los que se propulsan. A ellos se suman, en el gran basurero que nos rodea, los micrometeoritos de origen natural. “Al principio, las naciones no eran conscientes del problema”, señala el británico Emmet Fletcher, responsable de comunicación de la Agencia Espacial Europea (ESA) en Villafranca del Castillo, Madrid. “Pero ahora somos muy conscientes de que tenemos que controlar y reducir la basura espacial”.Aquella lluvia de chatarra de 2015 no es el único ejemplo documentado en España, menos aún en el mundo: en los últimos 50 años, el aguacero ha sido constante. La NASA ha registrado una media de una pieza caída cada día, entre 50 y 100 toneladas al año. Casi siempre en el mar, que ocupa el 71% de la superficie terrestre, “o en zonas poco pobladas como la tundra canadiense, el desierto australiano o Siberia”. Sin daños personales graves documentados, el riesgo que entrañan estos desperdicios tiene mucho más que ver con lo que ocurre arriba que aquí abajo. Cuantos más satélites se envían al espacio, más basura se genera. En su deriva a velocidades de vértigo, estos residuos ponen en peligro tanto la seguridad de los aparatos en servicio como la viabilidad de las futuras misiones. Para mitigar el problema, países como Reino Unido y Japón están probando tecnologías con las que limpiar el espacio. Además, en paralelo al catálogo que EE UU lleva décadas elaborando para hacer un seguimiento de los objetos y alertar de un peligro de colisión a los satélites operativos, la agencia europea está desarrollando una iniciativa similar: un proyecto para la vigilancia y control de restos de basura llamado SST, que cuenta con una importante participación española.

Así fue la historia de ‘Houston, tenemos un problema’

‘Houston, tenemos un problema’, estas fueron las palabras de auxilio del astronauta Jack Swigert que pasarían a la posteridad, y que dieron paso una frenética actividad en la que tanto los tripulantes del Apolo 13 como los ingenieros y demás miembros de la misión en Tierra pusieron a prueba su capacidad de reacción. La explosión de uno de los tanques de oxígeno de la nave hacía imposible el alunizaje y ponía en peligro la supervivencia de los astronautas pero, afortunadamente, el 17 de abril toda la tripulación aterrizaba sana y salva en nuestro planeta, a bordo de su peculiar bote salvavidas: el Aquarius.

Inventos improvisados para sobrevivir a la catástrofe

El Aquarius era el módulo lunar del Apolo 13, y su función original era la de propiciar el aterrizaje en la Luna. Aunque nunca llegó a cumplir su cometido, gracias a él la tripulación pudo librarse de la tragedia. Para ello, los astronautas tuvieron que superar varios obstáculos. Por un lado, el módulo lunar estaba preparado para mantener a dos personas durante 45 horas, y no a tres durante 90 horas. Además, tanto el suministro eléctrico como el agua eran recursos limitantes en el módulo por lo que tuvieron que racionarse al máximo. Esto ocasionó, entre otros problemas, que las temperaturas en el módulo lunar bajaran hasta casi los 3 grados, y las ventanas se congelaran parcialmente. También la comida estaba fría, y al no tener agua caliente no podían mezclarla con los alimentos deshidratados.